He dejado de escribir.
He dejado de percibir, sí.
He dejado de existir.
¿Dónde está mi elixir?
No aquí, tampoco allí.
¿Cómo diantres sobreviví?
Cuando dejé de vivir.
Quizás así, sí,
quizás sin saber a dónde ir
podré salir de aquí.
Queriéndote me conocí,
y así, amándote a tí,
acabé odiándome a mí.
Ese odioso "yo" se acercó a mí,
era el espejo del que quería huir.
Me fui, sí,
huí...
y en el olvido me desvanecí,
allí estaba mi fin.
Lo saludé, para así,
poder desprenderme de tí.
Ya no recuerdo si existí alguna vez,
¿qué hago yo aquí?
¿Por qué dejé de escribir?
Porque no me conocía a mí,
y claro, qué palabras iba a plasmar yo aquí.
Me fui, lo sé,
vuelvo para escoger
un camino que recorrer,
La línea de mi pensamiento
busca labrarse sus cimientos.
Pero no, no hay cimientos,
no hay ser, no hay un existir,
no hay un pensamiento,
no hay un escribir.
El pensar es una atadura
y las letras son la cárcel,
cada letra de las que ves es un barrote
de la celda que es la mente.
Mi pensar no encuentra un camino,
porque no hay camino que dirija a ninguna parte.
¿Por qué dejé de escribir?
Porque me deshice del pensar.
¿Por qué me deshice del pensar?
Porque pensar es un laberinto que cambia cada vez que lo vuelves a mirar,
y nunca encuentras la salida, no porque no exista,
sino porque las paredes cambian todo el rato.
Así es la realidad,
cambiante con el ojo interno.
Si el dibujo del puzzle es cada vez uno distinto,
dime cómo encajar las piezas.
Por eso quizás así, sí,
quizás sin saber a dónde ir
podré salir de aquí.
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