jueves, 26 de septiembre de 2019

Destrucción es poder.

La destrucción es poder. La destrucción es construcción.
Por eso me destruyo cada día. Por eso me construyo cada día.
Si no me destruyese, no me construiría, y es eso lo que hago continuamente. 
Cuando me siento un ser inerte no puedo dejar de pensar quién sería si fuese un ser nuevo.
Un ser nuevo, una vida nueva que se ha destruído antes de existir.
Es una sombra de nuestra existencia. El pensamiento es una sombra de nuestra exitencia.
Todo lo que me haga fundirme en fuego, quebrarme en cenizas, todo eso construirá mi ser porque seré un nuevo ser cada día.
Sería mi foco de identidad, sería el incienso que me consume y me hace oler a pasado quemado.
Ese pasado solo huele a tristeza, rechazo, mierdas mentales, sensaciones híbridas invadiendo mi cuerpo.
Por eso necesito destruirme, y destruir.
Destruir es poder, poder sobre los demás y poder sobre mí misma.
Me tengo que imponer a mí misma antes que a nadie. Si me tengo miedo, cualquiera puede tenérmelo. 
Tengo que ser pánico inyectado en vena, un huracán que debora ciudades.
Solo así podré dejar huella, y tan solo soy un mosquito aplastado en una ventana, pero quiero ser grande, quiero ser fuego y ser catástrofe,
tengo que salir de mí, tengo que explosionar y ser semen que brota de un glande erecto. Tengo que ser ese sabor, ese olor, a muerte, a ceniza, a pólvora, a polvo mugriento.
Tengo que ser eso para todo el mundo, porque sino no seré nadie.

Octubre 2017

lunes, 16 de septiembre de 2019

martes, 3 de septiembre de 2019

Benzodiazepinas.

Con la droga me encuentro a mí misma. Río, lloro, me enfado, expreso y hablo de mis emociones. Fuera de eso no soy capaz de manifestar emoción alguna. Es como si fuese un robot que no siente nada, no hay tristeza, no hay rabia, no hay alegría. Es la nada, el vacío, no hay lazo social. Con la droga consigo sentir las cosas intensamente, mi mente se abre desde mi interior hacia fuera, puedo exteriorizar lo que hay detrás de la cortina, romper el muro. Sin drogas, yo soy un cartón marrón, no hay nada dibujado en él. 
Nunca lloro. Nunca grito. Quizás el enfado es lo que más me hace sentir cómoda al expresarlo. Todo lo que no sean emociones que contacten con mi interior. Un juguete frío y duro, una muñeca de porcelana.
Nunca sé qué hay detrás de la puerta, solo sé que la droga es la llave. Siento, salto, me río a carcajadas, siento el vínculo con el otro, siento una intimidad conmigo misma. Es tan placentero, tan propio de la libertad... que ya no imagino vida sin drogas, sin ese momento puntual en el que descanso de mis máscaras y puedo conectar con mi ser real.
Lástima que, como siempre, la libertad tiene un precio. Y ese precio es la vida. Pero tendré que plantearme qué es vida para mí, si una enferma libertad o una cárcel saludable.