Andaba yo tan tranquila en un prado alegre, cuando de repente un bosque oscuro me llamó la atención. Era misterioso, eso me atraía, pero me daba miedo también. Esa oscuridad parecía que no iba a permitirme caminar por ahí sin tropezar muchas veces.
El caso es que decidí pasar de largo, pero el bosque me absorbió. Me absorbió de una manera inquietante, pues no sabía si me parecía bello o, de lo contrario, me daba miedo.
Y me dejé llevar. Allí no estaba más que yo, la figura que me acompaña toda la vida. Alrededor mía tan sólo hay oscuridad, pero van galopano incesantemente unicornios de un blanco brillante, un blanco que rompía con aquella oscuridad. También revoloteaban luciérnagas en torno a los árboles, y podía contemplar débilmente la copa, esas siniestras ramas soportando el peso de tanto follaje.
Podía obserbar, a parte, ríos débiles y ríos violentos. En los débiles me bañaba y los violentos los esquivaba, aunque el atravesarlos era un reto para mí. El no atravesarlos me volvía débil, como los ríos que solo me dispongo a atravesar. También había hoyos, hoyos muy oscuros que me hundían en la miseria y el hastío, donde ahí sí que era difícil escapar y requería todo el esfuerzo que nunca se necesitará para meterse ahí.
Hay ciénagas, arenas movedizas, arañas, etcétera. Todo tipo de cosas que te entorpecen el paso, pero no te puedes quedar quieta, pues necesitas buscar lo que te haga sobrevivir ahí dentro.
Tienes que buscar a los unicornios. Tienes que contemplar las luciérnagas. Los grifos luchan entre sí a ver quién es el más fuerte, pero de forma amigable. Es una forma de entrenarse para cuando lleguen las dificultades. Únete a ellos, pelea, entrena para esquivar los baches, para correr tras los unicornios, para escribir poesía, para poder mirar hacia arriba, allá donde están las luciérnagas, sin que te tropieces excesivamente.
El bosque. Es oscuro, siniestro, pesado, macabro... parece que te sabes de memoria todo lo que hay en él, dónde está cada cosa y que es un lugar muy visto para tí, pero tienes que buscar algo más. El bosque siempre te incita a buscar, buscar y buscar. Tú nunca sabrás qué es lo que vas a encontrar, pero tienes que seguir las pistas, que se encuentran en lo bello, y llegarás a donde llegues, sin importar si es bueno o malo para tí.
El mundo del bosque es un mundo que está en tí abandonarlo o no, aunque la entrada no está en manos de tu voluntad. Si encuentras la salida puedes volver cuando quieras, pero si entras, el salir no es tan fácil, es un laberinto que tienes que descifrar para llegar a fuera. Aún así, hay gente que, incluso sabiendo dónde está la salida, ahí se queda.
Su hermosura es lo más bello que pueda existir, el bosque es la música de la soledad.
jueves, 31 de octubre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
Espirales
Es confuso para mí lo que implica una espiral. Una espiral está definida como un punto que se aleja progresivamente de un centro a la vez que gira alrededor de él. Paradójico, ¿no? Es un alejar contínuo, alejarse de algo, trata de un punto que parte de un centro y se va alejando de él.
Pero yo también puedo verlo como un acercamiento continuo de un punto que viene desde fuera y se va acercando a su centro, aunque no sé si las matemáticas estarían de acuerdo con esto. Puede que estés acercándote o puede que estés alejándote. Sigue siendo paradójico.
A la vez, puedo cuestionarme los límites de una espiral. ¿Tiene una espiral límites, o puede llegar a ser infinita? ¿Empieza en algún lado, acaba en algún lado? Si tiene un centro, ahí debería ponerse el límite, ¿no? Sé que si la dibujamos, en algún lado tenemos que empezar a dibujarla y en algún lugar acabarla, pero imaginando... imaginando podemos pensar en una espiral infinita, que nunca acaba ni nunca empieza, siempre dando vueltas y vueltas, volviendo al mismo sitio pero más alejada (o acercada).
Esto hace pensar, puedo llegar a pensar que siempre se vuelve al mismo sitio pero más alejado y tardando más en llegar puesto que la amplitud se va haciendo mayor. También se puede pensar que siempre se vuelve al mismo sitio pero más cercano y tardando menos.
También puedo llegar a compararlo con la distancia-olvido, y con la atracción-voluntad. Cuanto más distancia hay de por medio más te alejas: el resultado de esto es el olvido. O también se puede pensar que, cuanto más quieres algo, más te vas acercando a ello porque lo buscas, porque quieres (voluntad) buscarlo. Un punto que se acerca progresivamente a su centro a la vez que gira alrededor de él. Y aplicando lo que he dicho anteriormente en cuanto al tiempo que se tarda en recorrer una vuelta (cuanto más distancia más tardas; cuanto menos distancia menos tardas), puedo decir que cuanto más olvidas, más tardas en olvidar; y cuanto más quieres, menos tardas en querer más y, por tanto, en llegar a ello (independientemente de si fracasas o no). Aunque con esto no quiero decir que se tarde más en conseguir los frutos del olvido que los del querer. Ambos procesos, suponiendo una espiral concreta, tardan lo mismo puesto que la espiral es del mismo tamaño y harían el mismo recorrido pero a la inversa. Con esto del tiempo me refiero al tiempo dentro del proceso, hablo de la relación entre el principio y el final de la misma espiral (al principio del olvido el proceso es más rápido y luego se hace más lento, mientras que al principio del querer el proceso es más lento y luego se va acelerando).
En fin, lo que más me llama la atención es la ambigüedad de la espiral. Cuando uno mira una espiral, nunca puede saber si se está acercando o si se está alejando. Es la escepticidad de la espiral lo que más me atrae, y también ese efecto hipnótico que parece que te va a conducir a otro lado desconocido de manera inconsciente. También ese efecto cíclico que nunca se cierra... en realidad no es un ciclo, nunca vuelve al mismo lugar pero sí imita a una línea que ya ha ocurrido. Esto me hace fantasear que la vida (suponiendo que es una espiral que se aleja) consiste en sucesos repetidos vividos de forma diferente, y la amplitud sería la representación de las nuevas cosas vividas/aprendidas añadidas a las anteriormente vividas/aprendidas. También me hace pensar en el cambio de percepción que tiene un humano cualquiera respecto a las cosas que le acontecen a lo largo de su vida: cuanto más niños somos, más de cerca vivimos las cosas, más intensamente las percibimos, y conformen pasan los años, aunque vivamos las mismas cosas, las percibimos más alejadas de nuestro interior, menos intensas, y más ''desde fuera''.
En realidad nada más que estoy fantaseando y lo único que trato es explicar ciertas posturas filosóficas que me llaman la atención acudiendo a la metáfora de la espiral. No sé qué quiere decirme una espiral, no lo sé, pero me transmite muchas cosas. Una espiral quiere decirme que todo es progresivo y continuo, que nada es una línea recta, es una línea curva que se repliega sobre sí misma y que abarca de menos a más, o de más a menos, pero siempre ocupando el mismo área más otra área nueva, o menos una área existente. Creación o destrucción. La espiral encierra ambas, conformando una misma cosa.
Pero yo también puedo verlo como un acercamiento continuo de un punto que viene desde fuera y se va acercando a su centro, aunque no sé si las matemáticas estarían de acuerdo con esto. Puede que estés acercándote o puede que estés alejándote. Sigue siendo paradójico.
A la vez, puedo cuestionarme los límites de una espiral. ¿Tiene una espiral límites, o puede llegar a ser infinita? ¿Empieza en algún lado, acaba en algún lado? Si tiene un centro, ahí debería ponerse el límite, ¿no? Sé que si la dibujamos, en algún lado tenemos que empezar a dibujarla y en algún lugar acabarla, pero imaginando... imaginando podemos pensar en una espiral infinita, que nunca acaba ni nunca empieza, siempre dando vueltas y vueltas, volviendo al mismo sitio pero más alejada (o acercada).
Esto hace pensar, puedo llegar a pensar que siempre se vuelve al mismo sitio pero más alejado y tardando más en llegar puesto que la amplitud se va haciendo mayor. También se puede pensar que siempre se vuelve al mismo sitio pero más cercano y tardando menos.
También puedo llegar a compararlo con la distancia-olvido, y con la atracción-voluntad. Cuanto más distancia hay de por medio más te alejas: el resultado de esto es el olvido. O también se puede pensar que, cuanto más quieres algo, más te vas acercando a ello porque lo buscas, porque quieres (voluntad) buscarlo. Un punto que se acerca progresivamente a su centro a la vez que gira alrededor de él. Y aplicando lo que he dicho anteriormente en cuanto al tiempo que se tarda en recorrer una vuelta (cuanto más distancia más tardas; cuanto menos distancia menos tardas), puedo decir que cuanto más olvidas, más tardas en olvidar; y cuanto más quieres, menos tardas en querer más y, por tanto, en llegar a ello (independientemente de si fracasas o no). Aunque con esto no quiero decir que se tarde más en conseguir los frutos del olvido que los del querer. Ambos procesos, suponiendo una espiral concreta, tardan lo mismo puesto que la espiral es del mismo tamaño y harían el mismo recorrido pero a la inversa. Con esto del tiempo me refiero al tiempo dentro del proceso, hablo de la relación entre el principio y el final de la misma espiral (al principio del olvido el proceso es más rápido y luego se hace más lento, mientras que al principio del querer el proceso es más lento y luego se va acelerando).
En fin, lo que más me llama la atención es la ambigüedad de la espiral. Cuando uno mira una espiral, nunca puede saber si se está acercando o si se está alejando. Es la escepticidad de la espiral lo que más me atrae, y también ese efecto hipnótico que parece que te va a conducir a otro lado desconocido de manera inconsciente. También ese efecto cíclico que nunca se cierra... en realidad no es un ciclo, nunca vuelve al mismo lugar pero sí imita a una línea que ya ha ocurrido. Esto me hace fantasear que la vida (suponiendo que es una espiral que se aleja) consiste en sucesos repetidos vividos de forma diferente, y la amplitud sería la representación de las nuevas cosas vividas/aprendidas añadidas a las anteriormente vividas/aprendidas. También me hace pensar en el cambio de percepción que tiene un humano cualquiera respecto a las cosas que le acontecen a lo largo de su vida: cuanto más niños somos, más de cerca vivimos las cosas, más intensamente las percibimos, y conformen pasan los años, aunque vivamos las mismas cosas, las percibimos más alejadas de nuestro interior, menos intensas, y más ''desde fuera''.
En realidad nada más que estoy fantaseando y lo único que trato es explicar ciertas posturas filosóficas que me llaman la atención acudiendo a la metáfora de la espiral. No sé qué quiere decirme una espiral, no lo sé, pero me transmite muchas cosas. Una espiral quiere decirme que todo es progresivo y continuo, que nada es una línea recta, es una línea curva que se repliega sobre sí misma y que abarca de menos a más, o de más a menos, pero siempre ocupando el mismo área más otra área nueva, o menos una área existente. Creación o destrucción. La espiral encierra ambas, conformando una misma cosa.
martes, 1 de octubre de 2013
Un mundo de represiones.
Inhibimos nuestros instintos para convivir en paz en la sociedad. Sacrificamos nuestro egoísmo instintivo para complacer el bienestar de la sociedad. ¿Acaso podemos convivir en colectividad sin reprimir nuestras pulsiones? ¿No sería eso catastrófico? Habría que tolerar las pulsiones de los demás para que no fuera así, lo cual es algo que se aprende, algo no instintivo.
Entonces, el completo bienestar individual no es compatible con el de la sociedad, hay que modular ambos. Todo esto tiene un precio, sociabilizar tiene un precio y hay que pagarlo ya que dicen que no estamos cuerdos sin compañía (dicen).
La sociedad tiene un precio, y lo pagamos entregando nuestros instintos.
Los animales viven mediante instintos, y su sociedad no tiende al catastrofismo. Pienso que el problema es que el humano tiene un instinto que no tienen (según mis conocimientos) los demás animales, que es el instinto de matar ó dañar a individuos de su misma especie por causas que no llevan a un efecto de supervivencia. Esto es difícil de asimilar, a mí me encantaría poder tocarme en mitad de la calle cuando me apeteciera, poder tumbarme a dormir cuando tuviera sueño en el lugar que me pille, o cualquier otra pulsión instintiva. Pero como soy humana, también me gustaría matar al tío que intenta ligarse a mi novia, y por hacer eso, otros humanos que tengan un lazo afectivo con el asesinado querrán matarme a mí. Ahí es donde hay que aplicar el autocontrol, la represión de las pulsiones, porque si no la especie se hubiese ido al carajo hace mucho tiempo atrás.
Pero no creo que el objetivo del humano sea que perdure la especie, puesto que nisiquiera tenemos aprecio por los de otras razas, ni por el empollón con gafas redondas que huele mal, ni por ese que se está saliendo de la norma, ni por ese que tiene ideología distinta a la mía.
No sé de dónde vienen esas pulsiones autodestructivas hacia otros de la misma especie, no sé si viene determinado por nuestros genes o es algo aprendido a lo largo de la historia por las causas que sean.
El caso es que pienso que el único instinto que debería inhibirse es el de destrucción hacia otros de nuestra especie, modularlos, porque si no fuera así, cada uno de nosotros estaría más que muerto.
Aún así, pienso que también hay instinto de cariño y amor. No todo tiene que ser malo, es la eterna lucha entre el amor y el odio. O mejor dicho, entre la construcción y la destrucción.
Un mundo de represiones.
Entonces, el completo bienestar individual no es compatible con el de la sociedad, hay que modular ambos. Todo esto tiene un precio, sociabilizar tiene un precio y hay que pagarlo ya que dicen que no estamos cuerdos sin compañía (dicen).
La sociedad tiene un precio, y lo pagamos entregando nuestros instintos.
Los animales viven mediante instintos, y su sociedad no tiende al catastrofismo. Pienso que el problema es que el humano tiene un instinto que no tienen (según mis conocimientos) los demás animales, que es el instinto de matar ó dañar a individuos de su misma especie por causas que no llevan a un efecto de supervivencia. Esto es difícil de asimilar, a mí me encantaría poder tocarme en mitad de la calle cuando me apeteciera, poder tumbarme a dormir cuando tuviera sueño en el lugar que me pille, o cualquier otra pulsión instintiva. Pero como soy humana, también me gustaría matar al tío que intenta ligarse a mi novia, y por hacer eso, otros humanos que tengan un lazo afectivo con el asesinado querrán matarme a mí. Ahí es donde hay que aplicar el autocontrol, la represión de las pulsiones, porque si no la especie se hubiese ido al carajo hace mucho tiempo atrás.
Pero no creo que el objetivo del humano sea que perdure la especie, puesto que nisiquiera tenemos aprecio por los de otras razas, ni por el empollón con gafas redondas que huele mal, ni por ese que se está saliendo de la norma, ni por ese que tiene ideología distinta a la mía.
No sé de dónde vienen esas pulsiones autodestructivas hacia otros de la misma especie, no sé si viene determinado por nuestros genes o es algo aprendido a lo largo de la historia por las causas que sean.
El caso es que pienso que el único instinto que debería inhibirse es el de destrucción hacia otros de nuestra especie, modularlos, porque si no fuera así, cada uno de nosotros estaría más que muerto.
Aún así, pienso que también hay instinto de cariño y amor. No todo tiene que ser malo, es la eterna lucha entre el amor y el odio. O mejor dicho, entre la construcción y la destrucción.
Un mundo de represiones.
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