La destrucción es poder. La destrucción es construcción.
Por eso me destruyo cada día. Por eso me construyo cada día.
Si no me destruyese, no me construiría, y es eso lo que hago continuamente.
Cuando me siento un ser inerte no puedo dejar de pensar quién sería si fuese un ser nuevo.
Un ser nuevo, una vida nueva que se ha destruído antes de existir.
Es una sombra de nuestra existencia. El pensamiento es una sombra de nuestra exitencia.
Todo lo que me haga fundirme en fuego, quebrarme en cenizas, todo eso construirá mi ser porque seré un nuevo ser cada día.
Sería mi foco de identidad, sería el incienso que me consume y me hace oler a pasado quemado.
Ese pasado solo huele a tristeza, rechazo, mierdas mentales, sensaciones híbridas invadiendo mi cuerpo.
Por eso necesito destruirme, y destruir.
Destruir es poder, poder sobre los demás y poder sobre mí misma.
Me tengo que imponer a mí misma antes que a nadie. Si me tengo miedo, cualquiera puede tenérmelo.
Tengo que ser pánico inyectado en vena, un huracán que debora ciudades.
Solo así podré dejar huella, y tan solo soy un mosquito aplastado en una ventana, pero quiero ser grande, quiero ser fuego y ser catástrofe,
tengo que salir de mí, tengo que explosionar y ser semen que brota de un glande erecto. Tengo que ser ese sabor, ese olor, a muerte, a ceniza, a pólvora, a polvo mugriento.
Tengo que ser eso para todo el mundo, porque sino no seré nadie.
Octubre 2017
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