Nunca lloro. Nunca grito. Quizás el enfado es lo que más me hace sentir cómoda al expresarlo. Todo lo que no sean emociones que contacten con mi interior. Un juguete frío y duro, una muñeca de porcelana.
Nunca sé qué hay detrás de la puerta, solo sé que la droga es la llave. Siento, salto, me río a carcajadas, siento el vínculo con el otro, siento una intimidad conmigo misma. Es tan placentero, tan propio de la libertad... que ya no imagino vida sin drogas, sin ese momento puntual en el que descanso de mis máscaras y puedo conectar con mi ser real.
Lástima que, como siempre, la libertad tiene un precio. Y ese precio es la vida. Pero tendré que plantearme qué es vida para mí, si una enferma libertad o una cárcel saludable.
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