jueves, 31 de octubre de 2013

El bosque.

Andaba yo tan tranquila en un prado alegre, cuando de repente un bosque oscuro me llamó la atención. Era misterioso, eso me atraía, pero me daba miedo también. Esa oscuridad parecía que no iba a permitirme caminar por ahí sin tropezar muchas veces. 
El caso es que decidí pasar de largo, pero el bosque me absorbió. Me absorbió de una manera inquietante, pues no sabía si me parecía bello o, de lo contrario, me daba miedo.
Y me dejé llevar. Allí no estaba más que yo, la figura que me acompaña toda la vida. Alrededor mía tan sólo hay oscuridad, pero van galopano incesantemente unicornios de un blanco brillante, un blanco que rompía con aquella oscuridad. También revoloteaban luciérnagas en torno a los árboles, y podía contemplar débilmente la copa, esas siniestras ramas soportando el peso de tanto follaje. 
Podía obserbar, a parte, ríos débiles y ríos violentos. En los débiles me bañaba y los violentos los esquivaba, aunque el atravesarlos era un reto para mí. El no atravesarlos me volvía débil, como los ríos que solo me dispongo a atravesar. También había hoyos, hoyos muy oscuros que me hundían en la miseria y el hastío, donde ahí sí que era difícil escapar y requería todo el esfuerzo que nunca se necesitará para meterse ahí.
Hay ciénagas, arenas movedizas, arañas, etcétera. Todo tipo de cosas que te entorpecen el paso, pero no te puedes quedar quieta, pues necesitas buscar lo que te haga sobrevivir ahí dentro. 
Tienes que buscar a los unicornios. Tienes que contemplar las luciérnagas. Los grifos luchan entre sí a ver quién es el más fuerte, pero de forma amigable. Es una forma de entrenarse para cuando lleguen las dificultades. Únete a ellos, pelea, entrena para esquivar los baches, para correr tras los unicornios, para escribir poesía, para poder mirar hacia arriba, allá donde están las luciérnagas, sin que te tropieces excesivamente. 
El bosque. Es oscuro, siniestro, pesado, macabro... parece que te sabes de memoria todo lo que hay en él, dónde está cada cosa y que es un lugar muy visto para tí, pero tienes que buscar algo más. El bosque siempre te incita a buscar, buscar y buscar. Tú nunca sabrás qué es lo que vas a encontrar, pero tienes que seguir las pistas, que se encuentran en lo bello, y llegarás a donde llegues, sin importar si es bueno o malo para tí. 
El mundo del bosque es un mundo que está en tí abandonarlo o no, aunque la entrada no está en manos de tu voluntad. Si encuentras la salida puedes volver cuando quieras, pero si entras, el salir no es tan fácil, es un laberinto que tienes que descifrar para llegar a fuera. Aún así, hay gente que, incluso sabiendo dónde está la salida, ahí se queda. 
Su hermosura es lo más bello que pueda existir, el bosque es la música de la soledad.



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